El hombre, ser libre
Lo que confiere su dramatismo supremo a nuestra temporalidad es que se trata de una temporalidad libre. La libertad es el estrato específico humano del devenir. Entre los momentos problemáticos de la libertad humana notemos los de autodestrucción, renuncia, unificación, insatisfacción, indesertibilidad, eticidad, contradicción.
La temporalidad, acabamos de verlo, supone una aniquilación constante de nuestro presente. Pero el que sea una temporalidad libre la convierte en autodestrucción .Cierto, y en ello está la grandeza de la libertad humana, que esta destrucción es también - y primariamente- una autocreación.
Pero lo que manifiesta la finitud intrínseca de nuestro libre albedrío es que no pueda hacernos sin destruirnos. En cada instante presente hemos de elegir el futuro que ha de aniquilarlo. Somos como el condenado a muerte que hubiera de escoger el instrumento que ha de ejecutarlo.
No solo es que el tiempo nos arrebate nuestro presente, sino que nosotros mismos hemos de hacer sin descanso el doloroso esfuerzo de arrancárnoslos, rompiendo la inercia de nuestro ser indeciso.
Lo más grave del acto libre no reside, sin embargo, en el esfuerzo de decidir, sino en que toda decisión supone necesariamente una renuncia infinita. Elegir el futuro que ha de convertirse en presente lleva consigo renunciar a los infinitos futuros posibles, que ya nunca habrá de ser, a las múltiples existencias que hubiera podido vivir, y que nunca viviré.
Y estas sucesivas elecciones y renuncias van unificando mi existencia, empobreciendo el campo de mi libertad, fijando mi modo de ser Yo. Porque las decisiones se concatenan. Escoger una profesión, un estado, una mujer, un lugar de residencia… van creando un determinado tipo de vivir, al que cada uno sabe que no podrá ni querrá escapar. De este modo, la vida queda limitada por dos líneas convergentes que se cortan en el cero de posibilidades de la muerte. Por ello – los escolásticos lo vieron con claridad- en la más trivial de mis decisiones, si es plenamente consciente, yo decido todo el sentido de mi vida. Sólo puedo elegir un posible y destruir todos los restantes si es escogido mi tabla de valores y la meta de mi existencia, ya que esta elección me encamina, me fija, me hace. Hasta que, con la última de mis decisiones, todo esté consumado, y – como dice Malraux- la muerte convierte la vida en destino.
Pero lo que hace insoportable esta constante e ineludible renuncia de cada elección es que ninguno de los bienes intramundanos que yo pueda escoger me compensa totalmente de todos aquellos a los que, para elegirlo, he tenido que renunciar. En lo desechado siempre hay elementos de bondad que no se encuentran en lo preferido. Aun en el mejor de los casos, aun cuando escoja el tipo de vida mas adecuado a mi vocación
Personal y más pleno de bienes, no podré evitar la insatisfacción de no tener lo que quedo fuera de sus límites.
Tales momentos problemáticos fundan la angustia de la libertad, y explica que el hombre se vea tantas veces tentado a desertar de ella, aunque con ello hubiera de renunciar también a su humanidad misma.
No tener que elegir, entregarse a la apatía a la pasividad, deponer el libre albedrío en manos ajenas, de un jefe, de un partido, que fijen en cada momento nuestra conducta…Pero esta deserción no solamente es inmoral, sino que es imposible: no sólo porque tales entregas a ajena voluntad supondrían en si mismas una grave y dolorosa decisión, sino porque a cada momento hay que volver a decidir el continuar sometido a ella. “ Être Libre- ha escrito Sarte- C´êst etre condamné à être libre”.
Pero he aquí que a la problemática inherente a la estructura de elegir, se añade todavía un nuevo y trascendental aspecto: la escisión del universo de las elecciones posibles en los misteriosos hemisferios del bien y del mal. No es sólo que en cada instante me vea obligado a destruir mi ser actual, que tenga que vencer mi inercia eligiendo, que al elegir haya de renunciar, que las sucesivas renuncias empobrezcan y fijen mi modo de ser, que ningún bien preferido me compense de lo abandonado, sino que, además, me encuentro con que los distintos proyectos de existencia vienen precedidos de un signo positivo o de un signo negativo, de un “es bueno que sea” o de un “no debe ser”. Podría parecer que tal escisión habría de aliviar mi libertad cerrando unos caminos y empujando a otros, pero en realidad no hace sino agravarla. Porque la calificación ética no eleva a absolutos los bienes morales ni priva de toda razón de bien a los males, sino que convierte lo que era ya dramática elección entre posibles existencias en trágica decisión entre universos contradictorios, en la que uno de ellos aparece como abisal posibilidad de autonegación, como fascinante experiencia de la nada, y el otro como ilimitado ascenso hacia las cimas del ser…….
Finalmente todavía hay que añadir un último factor al problema de la libertad……Se trata de ese conjunto de tendencias Psicofísicas o puramente psíquicas llamadas pasiones, que actúan sobre nuestra voluntad con independencia. (que llega a contradicción abierta) de nuestros juicios de valor y nuestros previos proyectos morales. Son voces que suenan en nosotros sin ser nuestra propia voz, pero sin sernos tampoco ajenas. Nadie ha descrito el conflicto ético y pasional con la plasticidad de San Pablo En el famoso texto de la epístola a los Romanos:
Sabemos que la Ley es espiritual; pero yo soy carnal, vendido al pecado. Lo que hago, no lo entiendo, pues no hago lo que quiero, sino lo que detesto, eso hago. Y si lo que no quiero, esto hago, apruebo que la Ley es buena. De manera que ya no soy yo quien hace aquello, sino el pecado que está en mí. Y yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no habita el bien, porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo. No hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago. Y si hago lo que no quiero, ya no lo hago yo, sino el pecado que está en mí.
Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo esta ley: que el mal está en mí, pues según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios; pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros.
¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? (7,14-24)
Y no menos problemático que la libertad individual aparece a los ojos del hombre contemporáneo la libertad como hecho colectivo: la humanidad decidiendo su porvenir, cerrando su horizonte de posibilidades hacia una dirección única, que , como hoy sabemos muy bien, puede ser de vida o muerte, de salvación o de ruina total. Es esta una experiencia nueva en nuestro tiempo, no solo porque el aumento del poder técnico del hombre ha dado a sus decisiones una alcance universal, sino porque, por primera vez, la humanidad se experimente así misma como una comunidad, no como un conjunto de grupos. Un grupo humano podía buscar precedentes a sus decisiones en las de otros grupos y encontrar alivio a su trascendencia en su alcance limitado, e incluso en la oposición ajena. Pero la humanidad como totalidad esta sola en el universo conocido.
Vemos, pues, que este esquemático análisis de la libertad como problema nos lleva a la misma conclusión que el anabiosis del tiempo: tampoco puede hallar respuesta en la esfera de ser intramundano. Dentro de ella, en efecto, no son posibles ni un descanso en la elección autodestructora, ni un escoger sin renunciar, ni un decidir que no sea insatisfactorio. Solamente la fijación de nuestra voluntad en el bien absoluto podría responder a tales exigencias.
Fragmento del Libro “Teología para Universitarios” Miguel Benzo
Selección, Revisión y Compilación
Mónica Martínez















