Hacia la compasión
La vida nos proporciona cada día innumerables ocasiones de abrir el corazón, y sólo es cuestión de aprovecharlas. Se cruza usted con una anciana de aspecto triste y cansado, con las venas de las piernas hinchadas y dos pesadas bolsas de la compra que apenas puede cargar; un anciano pobremente vestido que arrastra los pies ante usted en la cola de la oficina de correos; un muchacho con muletas que intenta cruzar la calle, nervioso y asustado, por entre el tráfico de la tarde; un perro que se desangra a morir en la carretera; una joven solitaria que solloza histéricamente en un banco del metro. Conecte el televisor y puede que vea en las noticias a una madre de Beirut arrodillada junto al cadáver de su hijo asesinado; o a una anciana de Moscú que señala el plato de sopa que va a ser toda su comida del día, sin saber si al día siguiente tendrá eso siquiera; o uno de los niños con sida de Rumania, que lo mira con ojos desprovistos de toda expresión.
Cualquiera de estas imágenes podría abrirle los ojos del corazón al enorme sufrimiento que existe en el mundo. Deje que lo haga. No desperdicie el amor y la aflicción que suscita; en el momento que sienta que la compasión se acumula en usted, no la eche a un lado, no se encoja de hombros en un intento de regresar rápidamente a lo «normal», no le tenga miedo a su sentimiento ni se avergüence de él, no se deje distraer de él ni permita que se agote en la apatía. Sea vulnerable. Utilice ese repentino y brillante brote de compasión; concéntrese en él, métase en lo profundo de su corazón y medite sobre él, cultívelo, reálcelo, profundícelo. Al hacerlo se dará cuenta de lo ciego que ha estado al sufrimiento, de cómo el sufrimiento que ahora está experimentando o contemplando es sólo una minúscula fracción del dolor del mundo. Todos los seres sufren, en todas partes; deje que su corazón vaya hacia ellos en espontánea e inconmensurable compasión, y dirija esta compasión, junto con la bendición de todos los budas, al alivio del sufrimiento en todas partes.
La compasión es mucho más noble y grandiosa que la lástima. La lástima tiene sus raíces en el miedo y en una sensación de arrogancia y condescendencia, a veces incluso en una complacida sensación de «me alegro de no ser yo». Dice Stephen Levine: «Cuando tu miedo toca el dolor de otro, se convierte en lástima; cuando tu amor toca el dolor de otro, se convierte en compasión». Entrenarse en la compasión, pues, es saber que todos los seres somos iguales y que sufrimos de manera semejante, es respetar a los que sufren y saber que no es uno distinto de nadie ni superior a nadie.
De este modo, su primera reacción al ver sufrir a alguien no es de simple lástima, sino de profunda compasión. Siente respeto e incluso gratitud hacia esa persona, porque ahora sabe usted que quienquiera le induzca a desarrollar la compasión por medio de su sufrimiento está de hecho haciéndole uno de los mayores regalos, porque le ayuda a cultivar precisamente aquella cualidad que usted más necesita en su avance hacia la Iluminación. Por eso decimos en Tíbet que el mendigo que le pide limosna o la anciana enferma cuya vista le encoja el corazón pueden ser budas disfrazados que se manifiestan en su camino para ayudarle a crecer en compasión y, por consiguiente, a avanzar hacia el estado de buda.
Todos anhelamos el cielo donde está Dios, pero tenemos en nuestra mano el estar en el cielo con El en este mismo instante. Pero ser feliz con El ahora significa:
amar como El ama,
ayudar como El ayuda,
dar como El da,
servir como El sirve,
rescatar como El rescata,
estar con El las veinticuatro horas,
tocarlo en su angustioso disfraz.
Fragmento del “Libro Tebetano de la Vida y de la muerte”
Sagyal Rimpoché
Selección, Revisión y Compilación
Mónica Martínez















