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Sáb19052012

Actualizado19.05.2012 (00:07)

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Los Bonnefoi una familia en camino a la leyenda

Mimados por una parte de la prensa y del poder , la muerte de su hijo menor, asesinado por un exceso policial, luego de un presunto robo, les permitió contar con todo una serie de organizaciones sociales y algunas de Derechos Humanos que les dio una pátina de luchadores sociales que nunca quizás pensaron poseer. Su historia cambió. Ya no eran los referentes barriales de episodios de violencia y robo, sino que encabezaban marchas en contra de la policía y el gobierno radical de aquellos tiempos.

Hace unos años (6/7), ocupaba el cargo de Director del Noticiero y la programación local del canal 2 de BTC, cuando una llamada sacudió la tarde. Era la madre de uno de los Bonnefoi que se comunicaba conmigo contándome que, como era ya sabido, su hijo (uno de ellos – no el recientemente asesinado) se había fugado cuando era trasladado a Tribunales y que quería entregarse porque tenía miedo que la Policía lo matara. Hablamos un largo rato y quedamos que yo le avisaría a la Justicia para que enviaran a alguien al canal a buscarlo en el horario de entrega que coordináramos. No hubo caso, a quienes llamábamos nos derivaba a otro miembro de la justicia, señalándonos que no podían hacer nada porque ahora había otro juez por la fuga. Luego de varias llamadas logramos que un miembro de esta, nos dijera, tráiganlo para acá después de las 17hs. Una locura. Como íbamos nosotros a hacernos cargo de un prófugo y llevarlo sin más a los tribunales. No éramos un delivery.

Finalmente hablé con la familia Bonnefoi y arreglamos que vinieran de la comisaría 28 (previo llamada a la Comisaría por supuesto) y se entregara en el Canal. Así fue, llegaron antes, vino un patrullero y todo se hizo como Dios manda. Sin excesos, tranquilos y con toda la familia presente. Por aquellos tiempos, había un niño, que, supongo, sería luego el que fuera asesinado. Por aquel entonces era tan claro que la familia no cuestionaba los delitos que su hijo cometía como que intentaban que se mantuviera vivo. El enfrentamiento entre la policía y la familia era ya un clásico de barrio y temían, que fugado, la muerte le pudiera llegar más allá de que se quisiera entregar. Era claro que lo habían convencido de entregarse y que no estaban de acuerdo con la fuga. Jamás olvidaré a ese chiquito que lloraba cuando su hermano mayor se entregaba. Jamás lo olvidaré porque es el día de hoy que pienso que ese chiquito era Diego Bonnefoi y es muy extraño tener ese recuerdo en la retina y asociarlo con ese inútil asesinato de un chico desarmado.

Pero la leyenda comenzaba. Y con el asesinato de Diego, su apellido alcanzó ribetes nacionales. Empezaron las marchas y más muertes. Injustas, inútiles y criminales. Un policía, Sergio Colombil fue condenado a 20 años de prisión. Otros, aún esperan ser identificados por los asesinatos de Nicolás Carrasco y Sergio Cárdenas.

De a poco, los Bonnefoi, pasaron de ser… una familia dura del alto barilochense, a ser referentes de la paz social…, que se encuentra…, o que se pierde. La sociedad barilochense se dividía entre algunos actos con desmanes y la necesidad de justicia. Muchos sentían que Carrasco y Cárdenas eran muertes más injustas que la de Diego Bonnefoi. Se identificaba a los Bonnefoi con el delito y a la policía con la seguridad. Nada era tan así. Ni todos eran culpables por portación de apellido ni la Policía era siempre la que proveía la seguridad. Pero el miedo, algunos componentes ideológicos, la sensación de que la calle había quedado librada a la mano de Dios, algunas vidrieras rotas y el cierre de la Comisaría 28 porque estaba en frente de la casa de los Bonnefoi y estos decían que su sola existencia en ese lugar era una provocación, les dio un poder que antes no tenían. Y de ese poder, nacieron algunas empresas que se desarrollaron a la sombra del último Intendente que le asignaba obras con fondos públicos.

En su medio social, los Bonnefoi crecían, mostraban poder político. Ellos conseguían prebendas que otros ciudadanos con menos conflictividad e historia, no accedían. A pesar de todo, Fabio Bonefoi (hermano mayor del asesinado Diego e hijo de Sandro) continuó su carrera delictiva y volvió a ir a la cárcel. En ella, era por todos conocido que era problemático. Muchos comentarios internos indicaban que se escaparía. El servicio penitenciario lo quería en otra Alcaldía, donde el apellido Bonnefoi no pesara tanto en los presos de residencia barilochense y en las familias externas de los presos. Ese tiempo no llegó. Una pelea, la ida al hospital y la fuga del mismo, lo llevó de vuelta a la calle. Y, esta situación continúa hasta hoy.

Ya la familia no hace trámites para que se entregue. Sabrá quizás que la situación pareciera no tener retorno. Nadie sabrá nunca si es así como lo desean o lo quieren o si es simplemente el producto final de las circunstancias.

Ayer, un hecho, cubierto por el diario local “El Cordillerano”, pareció mostrar que el poder político sigue ahí, intacto. Aún con el cambio de gobierno, las ventajas no parecen haber disminuido. Una pelea entre los Silva y los Bonefoi terminó con daños en las casas y una cuadrilla municipal les cambió, a los Bonnefoi la puerta dañada. Los Silva, esperan. Ninguna casa tenía porque recibir ayuda municipal porque entre vecinos se destrozan las casas. ¿Los motivos, nadie los dice? Pero la gente teme. Y mas teme cuando ve que una cuadrilla municipal arregla la casa de los Bonnefoi. En los barrios y quizás en cualquier lado…, esto, es poder político. Al fin y al cabo… ¿Quién dio la orden de reparar un bien privado con recursos públicos?

Aunque suene extraño y hasta difícil de aceptar, los Bonnefoi son los menos culpables de esta historia con destino de leyenda. Tienen más responsabilidad; Algunos periodistas de esos que suelen victimizar más a los delincuentes que a las victimas. Un estado ausente que prefiere relacionarse con lo marginal antes que dar respuestas de fondo para que esa marginalidad encuentre una salida productiva sin que por eso los auténticos y sufridos trabajadores sientan que, por derecha, no se obtiene nada. Una Policía que sabe más de represión que de prevención. El silencio temeroso de esas mayorías que solo observan hasta que la violencia los alcanza o los supera. Y, finalmente, esos sectores de la sociedad que esconden sus prejuicios de clase en estigmatizaciones de piel o de barrios, generando dolor primero y odio, otras veces.

¿Qué cual será el final? Lo más probable es que sea el convencional y común final de todas estas historias con destino de leyenda de pueblo. Solo y quizás, si el amor de una madre, puede más que la locura, pueda torcerse un destino que se cobró la vida de un menor, quizás incluso emulando equivocados paradigmas de su entorno, que prefirieron incluso transformar el triste y cruel asesinato en una causa, antes que también aceptar su dolorosa parte de responsabilidad que, por cierto, no excusa en lo más mínimo el asesinato.

Claro que quizás esto sea muy humano. Porque debe ser extremadamente difícil aceptar nuestra cuota parte de responsabilidad cuando, sabiendo, que un hijo está desviando su camino, no poner el límite que le devuelva la oportunidad de vivir con un destino mejor que esperar el final en un error durante el delito o en la locura de un gatillo fácil.

Lic. Rodolfo Patricio Florido
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